miércoles, 27 de enero de 2016

55. No volveré a ser asalariado. Episodio V

En el Episodio IV os explicaba lo que me había ocurrido desde que perdí mi puesto de trabajo en un despacho de arquitectura por la crisis de la construcción (Semana Santa de 2012), hasta unos ocho meses más tarde, cuando llegó a mí una información vía la Bolsa de Trabajo del Colegio de Arquitectos de Cataluña. Se empezaban a buscar profesionales autónomos para realizar certificaciones energéticas. La oferta de trabajo en realidad era un gancho para publicitar un curso de formación relacionado con uno de los programas que iban a ser estrella para la realización de esas certificaciones, el CE3X. Después de leerme toda la información que pude obtener al respecto, y teniendo en cuenta que el precio del curso era bastante económico, decidí apostar por una formación en ese sentido, a pesar de que no la tenía todas conmigo. Aclaro que la eficiencia energética no me era en absoluto desconocida, de hecho, en bastantes de mis proyectos como colaborador o autónomo, siempre insistía en diseñar los objetos arquitectónicos con cierta sensibilidad hacia el medio ambiente, renunciando en muchos casos a los tatachines tecnológicos que, por entonces, solían poblar las revistas de arquitectura.

Durante unos dos meses (con las Navidades de 2012 de por medio), me dediqué en cuerpo y alma a estudiar todo lo que tenía que ver con el programa informático CE3X y, por ende, las posibilidades de la eficiencia energética desde el punto de vista profesional. De manera paralela a esta actividad, seguí buscando un trabajo normal de asalariado, yendo a alguna que otra entrevista de trabajo que me continuaba sabiendo como éxito colosal, ante el panorama desolador de doscientos candidatos - como mínimo - para un puesto de trabajo en el sector de la arquitectura. El nacimiento de mi segundo hijo supuso un parón en este trabajo de buscar trabajo y decidí dedicar el resto del curso 2012-2013 a descargar a mi mujer de todas las faenas posibles, dentro de su baja por maternidad. Y así, la llegada del verano la aprovechamos para realizar un retiro familiar de dos meses en el otro extremo de España, unas "vacaciones" que en otras circunstancias hubiesen sido imposibles. Y en la Costa de las Rías Baixas, en los primeros días de respirar ese delicioso aire atlántico mezclado con el olor de marisco y pino costero, saltó la segunda chispa que confirmó que la formación específica iniciada en Noviembre podía perfectamente ser una apuesta de futuro al 100%. ¿Por qué no montar un negocio relacionado con las certificaciones energéticas? Y he aquí que, entre mi esposa y yo, empezamos a trazar un plan de empresa. No me era en absoluto desconocido esa labor, porque ya había recibido formación específica muchísimos años atrás con motivo de un Concurso de Ideas de Negocio organizado por la Escuela de Administración de Empresas y la Universidad Politécnica de Cataluña. 

Para no aburriros demasiado, en esos dos meses se trazó el plan de empresa, se contrató una página web 2.0 a un estudio de publicidad de Villagarcía de Arosa, se encargo al mismo bufete el diseño de tarjetas de visita, flyers, carpetas y, en resumen, la imagen corporativa de la empresa. Se abrió una cuenta corriente exclusivamente para gestionar el negocio con la aportación inicial del resto de los ahorros que me quedaban. De vuelta a Barcelona en Septiembre, se compró el material informático que faltaba (ordenador, periféricos nuevos, consumibles, Firma Profesional), línea de teléfono nueva y exclusiva para mi actividad profesional, recuperé mi alta en autónomos (La Hermandad Nacional de Arquitectos), y, oficialmente, el 1 de Septiembre de 2013, Aridar Certificaciones Energéticas se puso en marcha.

Ese día, con la web en marcha y todo a punto, me preparé para recibir un aluvión de encargos, y he de confesar que pasé todo el día bastante nervioso. También comencé un par de cursos especializados en Eficiencia Energética y un Postgrado en la Escola Sert del Colegio de Arquitectos de Cataluña para realizar la inmersión total. Evidentemente, ni el primer día como empresario me llamó nadie, ni el segundo, ni el tercero, ni el décimo. Pasaron cuatro semanas para recibir el primer encargo, mediante el mismo Colegio de Arquitectos por parte de un particular, una señora argentina que vivía en Nou Barris, para más señas. Un encargo que no vino a través de mis señueños publicitarios, para más inri. Y cinco meses más (febrero de 2014) para recibir el segundo, pero no nos adelantemos. Aclaro que, a pesar de ser un lustroso recién titulado "autónomo", "emprendedor", "empresario", o como quieran llamarlo, todavía seguía mirando todas las ofertas de trabajo que caían en mis manos, ya fuese a través de las bolsas de Colegios Profesionales, como por InfoJobs. Y comenzaba a dedicarme a tiempo entero a una actividad que hasta entonces solamente había sido muy ocasional desde que la había descubierto a finales de 2008, el mystery shopping. Simplemente decidí presentar mi candidatura a muchas empresas que se dedicaban a esta labor y empecé a recibir encargos regularmente de varias de ellas, un paso muy importante para cubrir en parte los gastos de mi actividad principal como arquitecto. Algo habíamos ganado, aunque fuese de rebote.

En ese interín de absorber conocimientos de manera compulsiva y de picar auditorías de atención al cliente a diestro y siniestro, me apunté (para no perder el contacto con Barcelona Activa) a un cursillo titulado "Cómo realizar networking de manera presencial y virtual". Se impartía en las instalaciones de BCNActiva del Convento de Sant Agustí, cerca del Parque de la Ciutadella. La ponente era la psicóloga Mónica Mendoza. Esa clase, sin duda, fue el "clic" que necesitaba mi cabeza - un año y pico después de haber cerrado mi antigua empresa - para cambiar radicalmente toda mi manera de pensar empresarial. Afirmo de manera rotunda que entré a esa clase siendo una persona y salí de ella transformado en otra muy diferente. Cierto es que durante los días posteriores a ese baño espiritual-motivacional no fui consciente de ello, pero la primera consecuencia de esa charla fue comenzar a tomar decisiones empresariales no evidentes. No tenía nada que perder, y, gracias a las Compras Misteriosas, había conseguido reducir a un margen muy aceptable mis pérdidas por la casi nula afluencia de encargos.

miércoles, 13 de enero de 2016

54. No volveré a ser asalariado. Episodio IV

Hace casi cuatro años, la empresa para la que trabajaba como arquitecto-urbanista tuvo que cerrar por la crisis de la construcción, que, como muchos sabéis, redujo en más de un 90% el visado de proyectos, no solamente de edificación, sino de planeamiento urbano, que prácticamente cubrían la totalidad del pastel. Llevaba unos seis años trabajando en ese bufete y la susodicha experiencia profesional había sido, sin duda, la más enriquecedora de mi carrera hasta la fecha. Tuve la oportunidad de trabajar en proyectos urbanísticos de renombre y de participar activamente en los embriones de algunos planeamientos a gran escala, que hoy en día empiezan a ser realidad. Podéis imaginaros lo que sentimos los integrantes de la empresa cuando llegó el último día de trabajo y nos tuvimos que despedir forzosamente: una mezcla de nostalgia, ya que funcionábamos más que como un equipo, como una familia; bastante desasosiego - mitigado en parte porque hacía un par de meses ya conocíamos la noticia -, incerteza sobre lo que nos iba a ocurrir en el futuro - en mi caso aumentado por tener un bebé de un año y otro en camino -, pero, sobre todo, preocupación, mucha preocupación.

Durante los meses previos al cierre de la empresa, sostuve largas conversaciones con mi compañero de departamento acerca de lo que podríamos hacer, si en un hipotético futuro tuviésemos que empezar de cero. Ese "brainstorming" diario supuso una buena fuente de inspiración para mis siguientes cuatro años hasta la actualidad, y los orígenes de esas largas discusiones y divagaciones eran programas de televisión como "Ajuste de cuentas", presentado por Vicens Castellano; blogs de Internet como www.euribor.com.es, y, cómo no, bibliografía de lo más diversa, empezando por los libros apocalípticos de Santiago Niño Becerra, pasando por algunos volúmenes más reposados y millones de veces nombrados como "Padre rico, padre pobre" de André Kostolany, y consultando otras obras más personales y menos conocidas, como el maravilloso "Diez minutos, diez meses, diez años", de Suzy Welch y otros similares libros de tono original.

Pero el hecho es que el primer día en que me transformé en un desempleado más (y en mi caso, después de quince años de andadura profesional, era mi primera vez), me sentí raro, y me di cuenta de que toda esa información que había ido manejando no iba a servir de nada si no me ponía manos a la obra. Para los que en estos momentos estén pasando lo mismo que me sucedió a mí, les consolará saber que no es en absoluto fácil mentalizarse en primer instancia de que tu vida ha cambiado. Y no se trata de tener presente que tenemos que volver a formar parte del engranaje enviando curriculums vitae personalizados o realizando escaneos cada media hora por todas las bolsas de trabajo habidas y por haber. Debemos cambiar esa angustia y ese sentimiento absurdo de culpa que nos envuelve por una buena dosis de energía clarificadora. Así, desde la Semana Santa de 2012 hasta finales de ese mismo año, mi vida laboral estuvo salpicada por algunas entrevistas de trabajo contadas con los dedos de la mano derecha, en las que siempre acababa ahogándome en la orilla opuesta; por la asistencia a cursos y cápsulas especializadas de la excelente organización Barcelona Activa - en posts siguientes hablaré sobre esto -, por un febril acopio de información en muchos casos irrelevante; y, sobre todo, por un intento algo infantil por reconducir mi vida profesional a través de mis hobbys: la escritura, música o incluso el ajedrez. Evidentemente la cosa no iba a ser tan fácil.

Y, por mucho que me esforzase en transformarme en otro tipo de profesional, la verdad es que por alguna razón u otra, mi falta de convicción no acababa de mostrarme el camino. Es decir, emprendía muchos comienzos falsos que se estrellaban con el consiguiente muro de la realidad, y volvía a empezar. Sentía que el haber elegido la carrera de Arquitectura había sido un error irreparable, y que a causa de mi decisión a los dieciséis años de edad, ahora tendría que enfrentarme a la criba profesional más salvaje que se estaba produciendo en España. Una "injusticia" que ni mi corazón ni mi cerebro aceptaban, y que me sumía cada vez más en un estado peligroso de autocompasión. Pero cuando ya habían pasado ocho meses del cierre de mi última empresa y estaba a punto de acabarse mi subsidio de desempleo, el año 2013 me trajo tres acontecimientos clave sin los cuales puedo decir firmemente que no hubiese llegado nunca hacia donde me encuentro hoy. Quizás a otro lugar sí, pero no a uno en el que me sintiese como nunca me he sentido jamás durante mi vida profesional: desear no volver a ser jamás un trabajador por cuenta ajena.

He aquí los tres acontecimientos, con los que dejo un punto y aparte para el próximo Episodio V del post "No volveré a ser asalariado":

1) Toma de conciencia de que la eficiencia energética podía ser una salida profesional virgen en la arquitectura
2) Decisión familiar en un largo retiro en Villagarcía de Arosa de crear mi propio negocio relacionado con la eficiencia energética
3) Asistencia a la clase de la psicóloga Mónica Mendoza "Cómo realizar Networking presencial y virtual", impartida en Barcelona Activa.

viernes, 1 de enero de 2016

53. (¡) Feliz año 2016 (!)


Desde hace tiempo para mí la Navidad dejó de ser esa semana (o esas dos semanas, según se mire) de efecto Placebo, en las cuales se aparcan las vicisitudes diarias en pro de un estado de felicidad artificial sostenida por una especie de soma colectivo, durante el cual, todos los países del Primer Mundo (y recalquemos esto, Primer Mundo), flotan en la más absoluta maravilla. A ello contribuyen varios factores: El primero, la pérdida de la inocencia infantil o incluso juvenil. El segundo, que mi época de estudiante oficial (y recalco la palabra "oficial") ya pasó hace más de quince años, y el periodo navideño ya no se asocia a unas vacaciones regadas por el sueño y el ocio (con la consabida dedicación diaria a la finalización de una o dos entregas de las asignaturas de Proyectos o Urbanismo, pero esto eran daños colaterales). Y el tercero, que tampoco soy ya un asalariado que disfruta de unas merecidas vacaciones aderezadas por lucecitas, el show de José Mota o los saltos de esquí del uno de Enero.

No me importa reconocer que, sin desestimar el efecto Placebo de la Navidad, para al autónomo, tanta sucesión de días festivos son una prueba de fuego, y más después de habernos recuperado de acueductos como el de la Constitución. No solamente nuestros ingresos se ven reducidos a la mitad o a un 60-70% con mucha suerte - salvo en las actividades directamente relacionadas con el consumo puro y duro -, sino que para saludar el Año Nuevo tenemos esperando a la vuelta de la esquina a nuestros amigos del alma, el camarada Iva Trimestral El Cuarto, el camarada Irpf Trimestral el Cuarto, y el camarada Resumen Anual. Es decir, nos hallamos inmersos en los dos meses en los cuales nuestra resistencia económica es puesta más a prueba si cabe. Salir airosos de Diciembre y Enero es síntoma claro de que nuestro negocio va bien.

Ya sé que en este mundo en que vivimos, todos necesitamos de vez en cuando (algunos más que otros) ese efecto Placebo para creernos que las cosas son de una manera determinada, a pesar de que todos los indicios apunten a lo contrario. Así pues, de la misma manera que La Navidad es para mí una huida hacia adelante que efectúa la sociedad - alentada por el consumismo - para intentar paralizar la locura imperante aunque sea durante dos semanas, por otra parte supone también una interrupción involuntaria parcial - y en bastantes días, total - de mi principal actividad económica. Hay que tener especial cuidado con encargos no cerrados antes de las fechas Navideñas, facturas a medio cobrar, visitas no formalizadas y, en definitiva, cualquier asunto que flote en el aire, como el efecto Placebo que somatiza a la gente. Mi experiencia me ha enseñado que los encargos interrumpidos por las fiestas navideñas tienen muchas más posibilidades de quedar en agua de borrajas que los ordinarios, y - lo que es muy importante de cara a cerrar el ejercicio económico -, cada factura que se queda sin cobrar puede repercutir muy negativamente en nuestra salud monetaria. Por tanto, aunque algunos clientes puedan revivir el Cuento de Navidad de Charles Dickens y compararme con el viejo Scrooge, no está de más recordar de manera muy sutil los pagos pendientes, con una felicitación personalizada de las fiestas. Aunque ya hayamos mandado nuestro Christmas con anterioridad.

Y, como ya recomendé en otras ocasiones en este mismo blog, en los periodos en que por motivos ajenos a nosotros tengamos que interrumpir nuestra actividad - si fuera por mí, las fiestas en España las distribuiría de una manera mucho más racional -, siempre hay que pensar, inventar, reconducir, repensar e innovar sobre nuestra actividad. O sembrar para recoger (potenciar nuestra publicidad, escribir artículos, actualizar blogs o webs). Nuestro motor de emprendedores debe hacer explosiones continuamente y no dormirse en el efecto Placebo general.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

52. La visión general del emprendedor o autónomo


Hacía bastantes semanas que no actualizaba el blog, y no ha sido en absoluto por ausencia de ideas, sino por falta de tiempo por los encargos que he conseguido. Pero es evidente que si a un emprendedor le empieza a faltar tiempo para  diversificar su labor creadora - sí, creadora, llevar una empresa no es solamente cuestión comercial o burocrática, exige un constante derroche de ideas -, entonces es que algo no cuadra o bien se está dedicando demasiado tiempo a aspectos que tal vez serían más superfluos.

Por ello, es de agradecer que vengan de vez en cuando periodos de impasse que nos permitan respirar hondo, reflexionar, replantearnos objetivos y trazar nuevas estrategias. Y, sobre todo, salirnos de nuestro proyecto para observarlo desde arriba y detectar con mayor claridad lo que se debe mejorar, aspectos positivos que habría que reforzar, y prácticas erróneos que más valdría erradicar. En mi caso, reconozco que llevaba desde agosto sin prácticamente parar ni un día (incluidos fines de semana) para realizar esta necesaria labor de distanciamiento, y la casualidad quiso que un oasis de un par de días coincidiese con mi cumpleaños. Dicha jornada la aproveché para desconectar de todo y perderme por el Casco Antiguo de Barcelona, recordando sitios que visitaba en mi época de estudiante. Pero en realidad un emprendedor nunca desconecta, sino que redirecciona sus pensamientos, así que los días de parón son de una utilidad incomparable para no sólo reflexionar en dónde estamos y hacia dónde queremos llegar (y, por supuesto, ¡de dónde venimos!), sino para discurrir sobre nuestra vida en general. Los autónomos y emprendedores somos de los colectivos más masacrados por impuestos y dificultades en España, y solamente el deseo de llevar otro tipo de vida diferente de la de la mayoría de gente nos hace recopilar fuerzas para seguir adelante, y esos parones son una ducha espiritual que beneficiará a cada una de nuestras acciones en el futuro.

Así pues, me atrevo a decir que un paro provisional por falta de encargos o de clientes no es malo, si nos lo planteamos como una oportunidad para perfeccionar nuestra hoja de ruta, no sólo empresarial, sino personal. Y, como dicen los expertos, si realmente no te permiten parar los encargos, entonces hay que programarlos de tal manera para disponer de esas jornadas de reflexión total. Hay muchas cosas que nos las piden "para ayer", pero si ya llevamos tiempo en esto, muchas podrían hacerse mañana. No pensemos en la inmediatez, sino en los resultados a medio o largo plazo.

martes, 15 de septiembre de 2015

51. La pared en la vida profesional (y en la lúdica)

Seguramente muchos de ustedes hayan oído hablar del fenómeno conocido como "la pared" en una de las pruebas más duras del deporte, la maratón. Se trata de un abotargamiento que sacude a los músculos y al cerebro alrededor de la mitad de la carrera, los 30 kilómetros. Es el momento más crítico de la misma, por encima del cansancio acumulado a la llegada o la sensación de que queda un mundo poco después de la salida. "La pared" es una sensación amarga, psicológicamente muy desagradable, es como si un duendecillo con muy mala baba te estuviese susurrando al oído que "lo importante es participar", "abandona que las piernas no te dan para más", "has hecho más que otros corriendo hasta aquí", "déjalo...déjalo...déjalo". Y se trata de simple química. Se acaban las reservas de glucosa, que en un cuerpo entrenado no dan para más de 30 kilómetros, y se echa mano de la reserva, es decir las grasas. Situación que nuestro cuerpo no acepta de buen grado.

Vaya por delante que no practico el atletismo, pero sí otro tipo de pruebas relacionadas con el esfuerzo mental consumidor de glúcidos, los torneos de ajedrez y de puzzles, y les puedo asegurar que ese fenómeno también se da en esas disciplinas. Sin ir más lejos, hace dos semanas, concretamente en el día 5 de Septiembre de 2015, me dirigí a la localidad tarraconesa de Móra d'Ebre con el objetivo de participar en el III Concurso de Puzzles Joguines La Carreres. Quedé campeón de la prueba, pero os puedo asegurar que en medio de la mitad del puzzle (llevaba montadas unas 250 piezas de las 500), entré en una crisis galopante durante la cual me fue imposible establecer ninguna pauta de comportamiento deportivo. Fueron uno o dos minutos escasos en los que no veía absolutamente nada, todas las piezas me parecían iguales y llegaba hasta a plantearme para qué había recorrido tanta distancia si de repente se me iban las ganas de competir. Por fortuna, la experiencia en este tipo de situaciones puede más que la psicología, y uno puede reconducirse, pero es necesario adoptar una postura neutral y externa, como si la competición no fuese contigo. Y reponer fuerzas, claro está, ayuda, aunque yo no lo hice.

En la vida profesional ocurre exactamente lo mismo. En determinados momentos de los trabajos, sin saber por qué, cualquier aspecto del proyecto nos parece un mundo acometerlo, desde elaborar un rutinario informe de dos páginas que no ocupa más de media hora, hasta imprimir varias decenas de hojas mil veces revisadas. Es como si arrastrásemos una bola gigante de preso con nuestras manos o piernas. Los arquitectos, acostumbrados a las maratonianas sesiones de entrega de proyectos de cientos de planos, sabemos perfectamente lo proclives que somos a descubrir un repentino agotamiento durante los últimos y nimios retoques finales. Incluso nos llegamos a plantear si no hemos cometido mil errores durante los meses anteriores. Nos atenazan las dudas, la congoja. Y solamente deseamos salirnos, no acabar el trabajo. "Dejarlo...dejarlo...dejarlo..." ¿lo recuerdan? No se alarmen. Es normal. Cada persona tendrá su método para superarla a su manera. Parar una decena de minutos para beber agua. Salir al balcón a que dé el fresco en la cara. Jugar una partidita al buscaminas. Cambiar la música. Cambiar el tipo de trabajo. Pero debemos reconocer cuándo se aproxima la pared para afrontarla con garantías de sobra para derribarla. Porque la pared más peligrosa es la que nos lleva a replantearnos todo nuestro trabajo de meses, años, e incluso nuestros logros profesionales de años atrás. No importa lo que haya pasado. Estamos en donde estamos porque hemos escogido ese camino, y debemos ser coherentes con nuestra elección, porque nadie la ha tomado por nosotros. Y, lo más importante: Si las reflexiones durante "la pared" o "multitud de paredes" nos sirve para averiguar que la maratón no nos gusta, cambiemos de disciplina. Pero solamente DESPUÉS de finalizar la prueba. Porque es muy probable que al concluir el trabajo hayamos olvidado el momento crítico y creamos de nuevo que lo hemos dado todo de la mejor manera posible. Y nos enorgullezcamos de nosotros y de todo lo que nos ha sucedido durante nuestra vida entera para llegar a la meta final.

miércoles, 26 de agosto de 2015

50. ¿Cuándo se coge vacaciones el autónomo?

Estoy a punto de cumplir mis primeros dos añitos como autónomo, y entre todo el cúmulo de dudas que me han surgido durante mi andadura, durante Navidad y verano siempre me viene a la cabeza si es conveniente parar unos días la actividad para disfrutar de unas vacaciones. Y la respuesta es que todo depende exclusivamente - si nos atenemos a datos objetivos - a as características de nuestra empresa o negocio. Podemos consultar a especialistas, empresarios, e incluso foros de internet, que nos encontraremos un crisol de respuestas infinito, así que, como en prácticamente todo lo que atañe a nuestro negocio, la decisión es NUESTRA. Y lo escribo con mayúsculas.

Hace poco visité una tienda especializada en una de mis pasiones, los puzzles. Se llama Puzzlemanía ( www.puzzlemania.net ) y se encuentra en el popular barrio del Ensanche de Barcelona. Mientras miraba embobado el material expuesto, en especial los rompecabezas mastodónticos de 5000 piezas o más, escuché una conversación entre su dueña, Caroline, y un cliente. El visitante le preguntó si cerraban en verano. La respuesta fue clara: "No podemos cerrar en verano. Durante los meses de vacaciones la gente quiere ocio, compra ocio y nosotros les vendemos ese ocio". Clarísimo, ¿no? Debemos entonces pensar primero en cuándo nuestra ausencia supone una menor pérdida de entrada de clientes, y aunque nuestra actividad esté parada en lo productivo, eso no quiere decir que podamos seguir buscando clientes en nuestro destino o vía Internet.

Tras mis pesquisas y participaciones en foros especializados, así como habiendo escuchado declaraciones de personas muy cercanas que son empresarios de gran éxito, logré establecer un baremo común: prácticamente todos los emprendedores, autónomos y empresarios tienen suficiente con un período de una o dos semanas de vacaciones. Algunos, si pudiesen, desconectarían solamente los puentes y fines de semana. Y otros, sencillamente, no quieren oír hablar de vacaciones, ya que trabajar es su pasión. Y allí está la clave. Cuando hacemos algo que nos gusta de verdad, no estamos deseando desconectar ni evadirnos de la realidad en alguna playa del quinto pino. Es evidente que por razones personales o familiares el período de vacaciones a veces es ineludible, pero también hay que reconocer que sirve para regresar con más ganas todavía a trabajar con las pilas cargadas, y para reflexionar sobre nuevos proyectos a incorporar al negocio, o simplemente leer bibliografía especializada sobre ventas, marketing, empresa... Por tanto, convirtamos nuestras vacaciones en productivas sin renunciar al puro ocio, y no dejemos descansar en exceso a nuestro cerebro. Él tampoco nos lo permitiría.

Y, por último, hay actividades en las que debemos avisar a nuestros clientes que estamos de vacaciones, y otras en las que no. Es evidente que si disponemos de un local abierto de cara al público, solamente tenemos las opciones de cerrarlo o dejarlo a cargo de una persona de confianza que sepa el oficio. Por supuesto, intentar terminar todos los trabajos en curso antes de ausentarnos y no dejar colgado a ningún cliente, y amoldar las fechas de asueto con las de la última entrega. Y si nuestro trabajo va encaminado más a las visitas y nuestra oficina es particular, Internet es una maravilla que nos permite seguir estando en contacto con nuestros clientes sin que piensen que estamos disfrutando de una puesta de sol a 1000 km de distancia. Equilibro. Siempre equilibrio.

Mi consejo humilde es: tómate las vacaciones durante el período en que sepas que tendrás menos clientes, y no más de dos semanas. Y, como bonus, tampoco hagas coincidir tus vacaciones con principios, mediados y fin de mes. Las operaciones salida son siempre malos momentos para viajar... y muy buenos para trabajar.

miércoles, 12 de agosto de 2015

49. Un pequeño error puede ser irreparable

Hay mañanas en las que uno se las pasa realizando trámites, esas labores necesarias que le comen a uno el tiempo, pero que hay que abordarlas a todos los efectos. Pagar el colegio de los niños, ir a Correos a enviar un porrón de dossieres de certificaciones energéticas para clientes desperdigados por toda la geografía catalana, resolver en el banco de turno algún tema de comisiones cobradas de manera indebida... Y esa transformación en chico de los recados que todos experimentamos como mínimo, una vez por semana, trae consigo experiencias muy interesantes que pueden servirnos de aviso sobre lo que jamás debemos hacer en nuestros negocios.

Llevo a cuesta mi lista de la compra de trámites. Compruebo que todos están tachados. Eureka. Solamente se me ha ido media mañana, así que iré a por nota. Me hacen falta sobres nuevos - tamaño DIN-A4 y me dirijo a la papelería que se halla al lado de la oficina de Correos, en mi afán por minimizar los desplazamientos, que el presupuesto del negocio no da (aún) para contratar a una secretaria. Entro en el establecimiento con decisión, atravesando un túnel cuyas paredes están aderezadas con estantes, libros, juguetes y demás artilugios mecánicos. Al fondo, el dependiente. Está hablando con una cliente. Por el tono en el que lleva la conversación, intuyo que es el dueño del negocio. Me sitúo al lado de la cliente y miro al vendedor. No sucede nada en absoluto, salvo que continúa la conversación acerca de unas vacaciones pasadas en no sé qué lugar paradisíaco. Doy el beneficio de la duda y espero a que el librero realice un alto en el camino, deje de lamentar con la cliente el Verano Azul perdido, y me atienda. Pasado un minuto se produce un silencio e, iluso de mí, por fin pienso que me va a preguntar "¿Qué desea?", pero no, solamente se ha acabado el primer acto. La elegía a las vacaciones pasadas se entrelaza con la descripción apasionada de una excursión a pie a no sé qué cima espectacular de los Fiordos Noruegos, y comienzo a experimentar el síndrome del hombre invisible. Siguiendo las recomendaciones de los expertos, me transformo de improviso en un cliente misterioso y le doy en mi fuero interno dos minutos al dependiente para que se dé cuenta de que existo. Lamentablemente, eso no sucede y tomo la decisión de dar media vuelta sin decir ni media palabra y salgo de la tienda sin mirar atrás. No escucho cambio de tono en la conversación ni un silencio repentino. ¡Ni siquiera han advertido mi presencia! Pero no se vayan todavía, aún hay más. Espoleado por la curiosidad, cruzo la calle y me aposto en la acera de enfrente. Escudriño el interior de la tienda y la escena sigue completamente igual, librero y cliente continúan departiendo sobre su Verano Azul. Mi estancia en el establecimiento no ha generado ningún efecto mariposa en ellos, pero sí me ha hecho decidir no volver a pisarlo jamás y, para más inri, tengo claro que recomendaré a amigos y conocidos que prescindan de entrar en ese lugar.

Para nosotros los emprendedores / empresarios, un pequeño error puede ser un simple granito de arena en nuestra playa particular. Para los clientes, es suficiente para crucificarnos y generar ese efecto devastador que producen las malas críticas. Por tanto, pensaos varias veces si es más interesante averiguar si se tardan cuatro horas en subir al Preikestolen de Noruega o atender a un cliente que te puede reportar ingresos y... más clientes. Ya lo decía Bruce Springsteen en una entrevista: "Doy decenas de conciertos cada año, pero para los fans de cada ciudad que visito, su concierto es el único. Por ello me vacío en cada actuación". 

Hagamos caso al Jefe.